Estrictamente Personal
El Wonder Boy
Raymundo Rivapalacio
July 12, 2009
— 1:00 am
La imagen más clara del arrastre carismático de Enrique Peña Nieto se dio durante el cierre de campaña de Ivonne Ortega, en mayo de 2007, cuando junto con varios líderes del PRI tenían que atravesar caminando por en medio de una multitud. Emilio Gamboa, coordinador en el Congreso, le dijo a Manlio Fabio Beltrones, el mandamás en el Senado, que se adelantaran. Fueron saludando a su paso, que no se interrumpió durante los 10 minutos que duró su recorrido. Quince minutos 15 más tardaron en llegar al estrado una muy sudorosa Ortega, y la dirigente nacional Beatriz Paredes. Pero quien no llegaba era el gobernador del estado de México, a quien tuvieron que esperar más de 10 minutos adicionales. Al día siguiente, El Diario de Yucatán publicó en la primera plana una fotografía donde decenas de mujeres mayas lo estaban fotografiando con sus teléfonos celulares.
La imagen más clara de la operación política de Enrique Peña Nieto se dio el domingo pasado, cuando la maquinaria del PRI barrió al PAN y al PRD. El nuevo mapa político en el estado de México será dominado por los priistas, que ganaron 97 de los 125 municipios (una ganancia de 54), ganaron 38 de las 40 diputaciones federales, y se quedaron con 30 diputaciones locales, dejando al PRD con tres y al PAN con dos. Peña Nieto destruyó el corredor azul, marchando sobre el PAN en Toluca, Naucalpan, Tlanepantla y Cuautitlán Izcalli, recuperó Ecatepec de manos del PRD, al que también le arrebató bastiones en Texcoco y Chalco.
Pero Peña Nieto, cuando empezaron a hablar del “efecto” del Wonder Boy, ese chico maravilla a quien habían intentado descarrilar en vísperas de la elección, dio otro giro. No hay ningún “efecto Peña Nieto”, atajó. Lo que se logró fue producto de un trabajo colectivo donde no hay una persona en particular a la cual pueda atribuírsele la victoria. Para quienes observan desde hace tiempo la política mexicana, el gobernador mexiquense “actuó de acuerdo con el libreto”. No mordió el anzuelo de la victoria, y comenzó el difícil proceso de poderse mantener a salvo, siendo una figura tan prominente, a tanto tiempo de la elección presidencial.
A muchos sorprendió la madurez política de Peña Nieto, porque la percepción que hay de él es que vive en medio de una telenovela con su novia, “La Gaviota”, Angélica Rivera, estrella de la televisión que lo acompañó en las últimas semanas a hacer campaña política por todos lados. Pero aún en esa relación, hubo un tratamiento profesional. Desde principio de año se mandaron a realizar grupos de enfoque para evaluar cuál era el impacto de esa relación entre la población. Los grupos arrojaron un resultado fascinante: si se percibía que el gobernador sólo la utilizaba para sus fines particulares, la respuesta era negativa. Y si se percibía que lo único que quería “La Gaviota” era su beneficio personal, también era negativa la respuesta. ¿Qué quería entonces la gente? ¡Una telenovela! Y un final feliz. Esa relación, también tendría que cuidarse políticamente.
A lo largo de este proceso, sin embargo, Peña Nieto ha empezado a mostrar que su equipaje político no es liviano. Después de todo, es otro de los hijos de Atlacomulco, donde el gran mexicano Isidro Fabela, que representó a México por todo el mundo y llegó a la Secretaría de Relaciones Exteriores, fundó el grupo político que ha dado a todos los gobernadores mexiquenses desde hace más de medio siglo, desde el ilustre revolucionario y universitario Gustavo Baz hasta Peña Nieto, pasando por Jorge Jiménez Cantú y los dos Alfredo del Mazo, Ignacio Pichardo, y Emilio Chuayfett y César Camacho.
El grupo político mexiquense operó intensamente con Peña Nieto, y demostró por qué es la maquinaria electoral más eficiente que ha tenido el país en las últimas décadas. Es una casa generadora de votos y una fábrica de políticos. Peña Nieto parece ser el producto más acabado, pero se suela olvidar el carisma de Carlos Hank González, o la forma como las mujeres se derretían Adolfo López Mateos, quien aunque no nació en Atlacomulco, sino en Atizapán, tampoco fue gobernador, sino Presidente, algo que todavía no tiene el palmarés del Grupo Atlacomulco.
Pero Peña Nieto, que tenía las espaldas bien cuidadas en tierras mexiquenses, ayudó a que otros priistas, en otros estados, triunfaran. Los gobernadores priistas decidieron que la yucateca Ortega debía ser la coordinadora de sus esfuerzos, y bajo esa lógica lo sacó a hacer campaña en Campeche, Colima, Nuevo León, Querétaro y San Luis Potosí. Nunca lo llevó a Sonora, donde perdió el PRI, pero contribuyó a que se retuvieran las gubernaturas en poder del partido o le propinaran campanazos al PAN en las restantes.
Peña Nieto se encontraba en las nubes de la popularidad desde antes de la elección. Muy arriba del segundo lugar, Andrés Manuel López Obrador, que está por encima de la carta fuerte del PRD para el 2012, Marcelo Ebrard, y muy por encima del resto. ¿Quiénes van en la cola? Es irrelevante. Hoy en día, no figuran. Pero Peña Nieto debe saber la ley de la física política: cuando se está tan alto, el único camino es bajar.
Dos libros críticos sobre el aparecieron previamente a la elección, y lo probaron refractario al embate. Otros seis más se están cocinando en las editoriales. Sus adversarios políticos están realizando la debida investigación con el super detective privado Mr. Google, para encontrar todo negativamente posible sobre de él. La consigna implícita es que hay que bajarlo de la cima en que se encuentra para empatar las posibilidades para la elección presidencial. En esto coinciden propios y extraños. Es decir, priistas y todo el arcoíris de aspirantes que se encuentran en trincheras diferentes, que en este momento lo ven demasiado lejos de alcanzar. A menos, claro, que lo hagan tropezar.
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